Si usted ya ha ido a una comisaría de policía en una gran ciudad de Brasil, usted sabe cómo es algo aburrido. Usted ve mucha a gente en sus mesas, utilizando sus ordenadores. Los teléfonos suenan todo el tiempo y nadie contesta. Hasta aquí, todo normal. En Brasil, la mayoría de los servicios públicos funcionan así. Pero cuando usted está allá, siente que nadie quiere darte atención.
Francisco está enfrentando esa situación. Él es un hombre negro en la mediana edad con piel marrón clara y cabello gris corto.
Él estaba esperando la asistencia de un detective. Él se quedó esperando más de treinta minutos.
Él vio a mucha gente entrando y saliendo. Muchos policiales entraron en la sala y ninguno preguntó lo que él deseaba.
El comisario llegó a la comisaría. Él era un hombre blanco en mediana edad con piel blanca, alto, peso mediano, y su cabello un poco largo tenía unos filos blancos.
Francisco lo reconoció y se levantó. Él tenía altura y peso medianos. Francisco dijo:
—¡Comisario Geraldo!
Geraldo miró hacia Francisco y pensó:
<¡Dios mío! Este hombre está aquí otra vez.
Él respondió:
—¿Usted es Francisco?
—Sí. ¿Recuérdame?
—Sí. Recuerdo. ¿Qué hace aquí?
—Hace dos semanas he venido aquí, y el detective responsable del caso de mi hija dijo que iba a llamarme, pero no llamó.
—Vale. Estoy seguro de que hay una razón que él no te llamó. Tal vez él esté en otro caso. Usted sabe que somos unos cuantos y hay muchos casos.
—Sí, sé de las dificultades que los policiales enfrentan todos los días. Pero el homicidio es un caso que merece atención.
Geraldo suspiró y dijo:
—Francisco. Sé que es difícil aceptar. Pero no hay pruebas de homicidio. Todo indica que ha sido suicidio. El detective ya te lo ha dicho.
Francisco dijo con firmeza, mirando en sus ojos azules:
—Pero comisario, ¡estoy seguro de que mi hijo no cometió suicidio!
Este fragmento es parte del libro Sin Evidencia. Lea y resuelva este misterio.




